Era como una voz suavecita,
casi imperceptible
hablándome al oído,
como si el viento pasara,
y yo fuera la única que lo reconoce.
Era como el llanto más fuerte,
más incontrolable,
más húmedo de la historia.
Era como un ruido sordo,
como un ultrasonido,
como si todos los sonidos del mundo
se unieran para llegar a mi tímpano.
Era como una luz infrarroja,
que había que parar y ponerse
anteojos especiales para verla.
Era como el foco más cegador
que haya visto jamás,
como un eclipse solar.
O quizá, era sólo el silencio,
y la oscuridad.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
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