viernes, 16 de noviembre de 2007

Reliquia familiar

Era un pedestal demasiado alto
para ser algo tan poco importante,
arriba de ese pedestal había un simple florero,
ni siquiera tenía flores,
bien feo, como de la tataraabuela
que tenía mal gusto.

Nunca entendí la razón del pedestal
para un florero tan feo,
pero estaba ahí y uno lo respetaba.

A uno se le ocurren cosas estúpidas,
como cuando uno quiere tirarse escalera abajo
para ver qué pasa,
pero igual no lo hace,
porque la probabilidad de morir es muy alta,
y el miedo a morir muy alto también.

Me puse a jugar,
todos me dijeron que no jugara,
pero uno con sus caprichos no escucha a nadie,
siempre quise jugar,
y primera vez que no quise consejos.

Llevaba un buen par de horas jugando,
cuando de repente el pedestal se tambaleó,
y el florero se cayó.
Obviamente se rompió en mil pedazos,
y yo jurando que nadie lo notaría,
fui a mi pieza,
pesqué mi poxipol,
y junté todas las piezas del florero,
con paciencia y dedicación
y traté de rearmarlo.

El problema de cuando algo se rompe,
es que quedan unos micropedacitos
irrecuperables
que siempre harán falta,
y ahí quedó el florero,
lleno de hoyos,
fuera del pedestal,
inutilizable,
y recién ahí
todos se dieron cuenta
de que todos le tenían un cariño especial,
se fue a la basura con recuerdos de mi niñez,
y aunque a veces lo echo de menos,
porque el pedestal está vacío,
sé que habrán floreros más lindos,
más útiles
y que no se quebrarán.

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